¿CAPRICHO O NECESIDAD?

El chupete, el osito, estar en brazos… Cuando el niño ya es mayorcito, ciertos comportamientos pueden parecer una regresión. Sin embargo, esto no es así. 

A todos los papás les gustaría tener un manual al alcance de la mano, en el que se clasificasen todos los posibles comportamientos del niño, acompañados de comentarios extensos y detallados que explicasen “que hacer cuando”. Por desgracia, la realidad no es tan sencilla. 

No existen reglas generales, y cada niño es un caso diferente. Deben valorarse el contexto y las sensaciones del pequeño en el momento concreto. Algunas veces, el niño pone en marcha un determinado comportamiento, simplemente, porque no encuentra  otra forma de expresarse. En términos prácticos, tiene una “rabieta” porque no sabe como salir de una situación de cansancio, nerviosismo o malestar. 

Asimismo, el recorrido de crecimiento se caracteriza por avances y regresiones continuas. Cualquier dificultad puede llevar, al niño a dar un paso atrás y a perder, almenos temporalmente, las conquistas alcanzadas. Es fundamental que los papás hagan que se sienta comprendido en estos momentos, inculcándole la idea de que “lo puede conseguir”, tolerando con paciencia las crisis de llanto y las de apego excesivo, aún más delicadas.

No deja el chupete

El chupete es un objeto consolador, que ayuda al niño a gestionar los momentos de separación de la mamá. Sin embargo, cuanto más tiempo pasa, más se encariña el niño con él. ¿Como se sabe que no es una verdadera necesidad, sino un hábito “irrenunciable”?

Es conveniente reflexionar sobre como se ofrece el chupete al niño. Si se le ofrece de la forma convocatoria cada vez que llora, como si fuera un “tapón” que contiene la tristeza, es probable que el pequeño se habitúe a este consuelo continuo y que le cueste prescindir de él.

Es preferible reservarlo para el momento del sueño (se le pone igual que el pijama) y, para separarse definitivamente de él, hay que involucrar al pequeño. No a las separaciones bruscas y repentinas. Por ejemplo, se puede regalar a la educadora de la guardería o a la abuela.

¿Y si se chupa el dedo? En el momento de ir a dormir, si no lo tiene ya, se le puede ofrecer un peluche, para que lo acaricie, que le mantenga las manos ocupadas y le haga compañía. Sin embargo, recordemos que si el niño tiene menos de un año, debemos retirar el peluche de la cuna cuando se haya dormido, con el fin de reducir de SMSL (el temido síndrome de la “muerte súbita” del lactante)

Sindrome de la tercera pierna

En general, alrededor de los 18 meses ( o incluso antes), el niño realiza grandes progresos hacia la autonomía. SIn embargo, al mismo tiempo parece dar pasos atrás: siempre quiere estar junto a su mamá, como si, precisamente, fuese su “tercera pierna”. Se trata de una etapa fundamental para el niño, puesto que se empieza a comprender mejor los espacios, las distancias y, al mismo tiempo, a entender que tiene una identidad propia, distinta a la de su mamá. Es por tanto, un momento muy delicado que requiere una atención especial por parte de los papás. 

Si el pequeño se siente rechazado (“No estes encima de mí, que tengo muchas cosas que hacer”), es probable que insista, de forma cada vez más decidida y lamentosa, para que le escuchen o le cojan en brazos, precisamente cuando la mamá esta cocinando o haciendo algo que requiere toda la energía. 

En cambio, si se le hace caso en este momento de crisis, desviar su atención aunque sólo sea durante unos minutos, será más fácil desviar su atención hacia otras cosas: ”Estoy un poquito contigo y, después, vuelves a jugar; así, acabo de poner la mesa”. El hecho de sentirse apoyado en esa etapa es fundamental para una conquista serena de la autonomía. 

Adaptarse con paciencia y confianza a la alternancia de sus aproximaciones y alejamientos ofrece al niño la seguridad necesaria para afrontar con calma las futuras pruebas a las que deberá enfrentarse. 

En brazos

Esta demanda suele producirse en los momentos menos oportunos. Por ejemplo, por la calla. Los adultos no siempre nos damos cuenta de que no puede recorrer trayectos muy largos, sobre todo, si no esta acostumbrado a caminar. 

Puede que este cansado. En este caso, le podemos proponer un breve parada (“nos sentamos un ratito en este banco y, después, nos vamos”), o bien llegamos a un acuerdo (“Te llevo en brazos hasta aquel semáforo y, luego, continuas solo”)

En otros casos el verdadero motivo es el aburrimiento. No se puede pretender que el niño nos siga de buen grado. La solución podría ser realizar pequeñas paradas agradables para él: en el escaparate de la tienda de juguetes, el el laguito de los peces, etc. 

Animarle a continuar con metas divertidas es una forma excelente de acostumbrarle a realizar trayectos cada vez más largos, y hacer agradable esta conquista de la autonomía. 

¿Un argumento válido para disuadirle de ir en brazos? También se puede proponer un juego, por ejemplo, caminar sobre un muro, de la mano de mamá, o del papá, ver pasar a los perros, etc. 

Su inseparable peluche

Le confía sus secretos, lo mima y no hay manera de que lo deje en casa. Su querido peluche se llama “objeto tradicional” en términos psicológicos. 

Es una especia de substituto de la mamá, que proporciona el pequeño consuelo y confianza en el camino hacia la autonomía. Por lo tanto, es bastante natural que el niño quiera tenerlo consigo. Se trata de una especie de conexión con los lugares extraños para él, un consuelo para la soledad. 

Si el vinculo con el objeto parece excesivo, hay que intentar no sobrevalorarlo. Si la familia esta de vacaciones y el peluche se ha quedado en casa, no es necesario volver atrás para recogerlo. 

Permitámosle tener a su osito cerca. Estudios psicológicos demuestran que los niños que han tenido un peluche favorito o un amigo imaginario ven favorecido el desarrollo de su capacidad de introspección, y son capaces de comunicar mejor sus sentimientos a los demás. 

El sueño, solo en casa

No solo se niegan a dormir en la guardería con los demás niños, sino que tampoco quiere hacerlo en casa de sus abuelos. Y, cuando los papás salen, siempre hay problemas. No se trata de un capricho. 

Algunos niños pueden dormir en cualquier sitio. En cambio, para otros, el momento del sueño es muy delicado. Necesitan un lugar familiar, íntimo, que sientan como un espacio propio. De lo contrario, no logran relajarse del todo y se cansan hasta ponerse nerviosos, pero no se duermen. 

Regañar al niño en este caso no sirve para nada. Más bien, lo mejor es intentar entender sus necesidades y afrontar la situación. Por ejemplo, si tienen que dormir con frecuencia en casa de los abuelos, hay que procurar que siempre lo hagan en el mismo sitio, de manera que el pequeño pueda disponer de una especie de habitación propia, 

Ayudémosle a crear rituales, no necesariamente los mismos que en casa. De este modo, madurará sus recursos para tranquilizarse y dormirse. 

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